Al chico de la ventana le gusta ver tus lágrimas. Tal vez parezca extraño; de acuerdo, es extraño. Pero la humedad de tus ojos prende la llama, reinicia la vida y sabe a mar. Y todo esto en una lágrima. ¿Alguien se acuerda? Llora. Llora sin avergonzarte. Llora hasta que todos estos mares de quimera desemboquen en pequeños ríos. El chico de la ventana se bañará en ellos mientras ríe tus delirios.
Nada escuece más que el que no te dejen llorar.
Sé fuerte, y por eso llora hasta que se deshaga el suelo. Aprovecharemos para cambiarlo por uno nuevo. Tal vez se lo podamos pedir al chico de la ventana, ansioso por crear. Tal vez podamos pisarlo fuerte, muy fuerte, hasta que dejemos constancia de lo mucho que hemos llorado y lo mucho que hemos estado aquí. Sin que nadie nos coarte esas lágrimas de mariposa. Me dijo el chico de la ventana que, tal vez, de ellas nazca de nuevo la primavera.
Las lágrimas, a menudo vistas como símbolos de debilidad, en realidad son una fuente de transformación. Al llorar, liberamos no solo nuestro dolor, sino también la energía necesaria para crear algo bello y significativo. Tal vez, cada lágrima es una semilla de primavera, lista para florecer en un nuevo ciclo de vida y esperanza.
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