Se metió en su habitación tras volver del trabajo. Se aseguró de
que no había nadie cerca; sólo él y él. Se desnudó completamente y al suelo
cayó la ropa, los gestos, los buenos días, los chistes con los que pretendía
agradar a los demás. En los cajones guardó todo su dinero, su casa, sus
pertenencias. En los bolsillos del abrigo estaban todas las parejas que había
tenido, sus amigos, compañeros de trabajo y todos aquellos destinatarios
del “buenos días”.
-Hola de nuevo, viejo amigo.
No recibió respuesta del espejo, pero obtuvo todo lo que
necesitaba. Al día siguiente, saludó y deseó suerte a un perfecto desconocido,
quien le miró perplejo mientras se alejaba por la calle preguntándose con quién
le habría confundido aquel extraño personaje.
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