Casi se me cae el tiempo
de las manos al escuchar la voz, embrujada de nostalgia. Con ella escribiste días enteros en esa página de la esquina doblada, la de la mancha de café. Escuchando
perdí la noción del rato, la orientación del garbeo, y se me olvidó mi
personalidad, mis gestos, ajá, también mi falso asentir. De
hecho perdí hasta el recuerdo de lo que me contaste. Espero que no te enfadases demasiado al
descubrir que jamás te escuché ni una palabra, que en realidad no me importaba de dónde soplase el viento si le acompañaba tu voz. Y por alguna razón siempre venía directo a la cara,
y me despeinaba, y por poco no me hacía salir volando. Aunque esto último hubiera
sido difícil, ya que si alguna cualidad poseo es la paciencia de las estatuas.
- No, no me iré hasta
que termines de hablar.
- (Palabras ininteligibles
para mí)
- (Palabras
ininteligibles para ti))
Miradas perfectamente
entendidas por ambos.
Me tranquiliza tu voz,
incluso cuando de ella emanan tempestades.
No hay comentarios:
Publicar un comentario