Cada paso que daba
representaba una nota musical cuya escala había recorrido decenas de veces.
Trataban de caerle encima las losas del tiempo pero las esquivaba una a una,
daba una voltereta en el aire y los minutos le pasaban entre los dedos, se
agachaba y los segundos pasaban de largo, cerraba los ojos y los momentos se le
adherían a la piel. Era una carretera inexistente hasta sus pasos: infinidad de asfalto levantado dibujando
caprichosas formas, que si la nube, que si la ola, que si ese animal mitológico
que solo él logra ver, su primer amor, sus sueños aún por edificar, el camino
dejado por los fuegos artificiales de rocas. En aquel lugar era arquitecto y
constructor, era pianista y música, era amor y orgasmo.
Le
apetecía componer el infinito e inventarse los límites.
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