De
entre todos los mundos interesantes en los que podría haber
aterrizado, y aquí sólo hay un cuaderno y un lápiz. Estoy sentado
en una especie de escritorio, muy similar al que tengo en mi
habitación. A mi alrededor, nada. Está bien, es de noche y tengo
los ojos cerrados, pero no me parece que eso justifique un escenario
tan soso. Me he acostado pensando en chicas guapas, paisajes
espectaculares y coches a gran velocidad. ¿Y qué me encuentro? Un
cuaderno que me observa, que me inquiere. Siento su expectación, su
mirada recién nacida que llora al empezar a sospechar un mundo
inabarcable. ¿Cómo es esto posible? Supongo que al fin y al cabo en
este mundo existen ciertas leyes propias. ¡No iba a ser todo igual!
Mi mente bulle, ya no es la misma que se fue a dormir pronto para
disfrutar de un falso despertar. Las palabras fluyen por mis venas a
una velocidad casi incómoda, no hay duda, quieren salir. ¿Acaso
tengo alternativa? Mi mano derecha agarra el lápiz, como el
caballero cogería la espada al darse cuenta de que no hay otra
salida más que la lucha. Paradójicamente, cierro los ojos de nuevo.
Y escribo. ¿El qué? No es tan fácil ser dueño de lo que uno
escribe. Sólo escribo. Sin pensar, sin planear, sin poder parar. Y
en el mundo vacío de mi alrededor aparecen colores, mujeres tan
hermosas que harían perder el conocimiento, lugares que sólo
parecerían posibles en un sueño y coches casi tan veloces como la
mente del escritor en plena explosión. Creo que ya empiezo a
entenderlo, soñando viajas a los lugares que escribes y escribiendo
viajas a los lugares que sueñas. Tal vez no esté tan mal este
lugar. Es una lástima no poder quedarme mucho tiempo, pues cuando mi
escritor despierte yo seguiré viajando como un personaje más de sus
novelas.
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